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Con cánticos de alegría salieron los canteros una mañana para
empezar sus trabajos en la cantera cerca de Bristol, población
importante en el Oeste de Inglaterra. Era el 31 de Marzo de 1868.
Aquí, unos están barriendo la dura roca caliza con barras de
acero. Allí otros están midiendo con sumo cuidado los granos de la
pólvora para las cargas; más allá un grupo considerable se ocupa
de remover los escombros y la tierra del escenario de operaciones
de ayer.
Pasa debajo de la cantera la línea de ferrocarriles entre Londres
y Bristol y de vez en cuando corre un ten por el pedazo de línea
descubierta entre dos túneles.
Ya están listos varios mineros y se encienden varias mechas al
mismo tiempo se apresuran los hombres y muchachos a buscar los
rincones y lugares libres de peligro, y pronto tres o cuatro
detonaciones fuertísimas proclaman que las minas han producido su
efecto esperado.
Entre la compañía había un obrero llamado Juan Chiddy. Su oficio
era quitar la piedra desalojada por la voladura, y llevarla donde
estaban los vagones del ferrocarril. Al hacer esto se removió una
gran masa de roca que empezó a rodar y no paro hasta que Regó a la
vía férrea y quedó precisamente sobre los raíles mismos.
Detúvose de terror el corazón de Juan, al ver que estaba
interceptada la línea, y si no se quitaba aquella roca serían
sacrificadas centenares de vidas. Se descolgó rápidamente por la
pendiente abajo con su palanca de mano, pero en aquel mismo
momento pudo apreciarse el silbido de un tren que estaba en uno de
los túneles. Tal vez sería ya tarde, porque era el expreso de
Londres y tardaría sólo algunos segundos en atravesar el túnel.
Tuvo Juan que tomar una decisión y esto con gran prisa. Hubo de
decidirse con dejar estrellar el tren con toda su carga de seres
humanos, o arrojarse a una muerte segura procurando quitar la roca
de la vía. ¿Cuál iba a ser su decisión?
Con sumo cuidado observó el maquinista del expreso los signos,
según volaba su tren. Ya se acerca a Bristol y al fin del viaje.
Todo estaba expedito al entrar en el túnel, y el tren penetró
haciendo retumbar las paredes de su estrecha prisión; ahora
empieza a esclarecer y la luz del final del túnel empieza a ser
vista por el maquinista, cada vez más clara; más allá se ven
líneas de los raíles, que se acercan en su perspectiva y sobre la
vía en la cual está volando el expreso, al salir del túnel, el
maquinista ve horrorizado el gran trozo de roca en medio de la vía
que impide su paso. Es imposible detener el tren; ya no hay más
que algunos centenares de metros de distancia.
Pero todavía más horrorizado ve el maquinista que está penando un
hombre para desviar la roca. Ya no queda tiempo. Con una mirada
contempla la escena y cierra los ojos agarrados a su máquina
Esperando el choque.
Prosigue el tren su vertiginosa marcha y no hay choque. Llega a la
estación y pronto saben los pasajeros cuán inminente ha sido su
peligro. Se les cuenta que han estado a dos pasos de la muerte;
que la línea había sido interceptada por una masa de roca, y que
un cantero le había arrojado de la vía un segundo antes del paso
del tren; pero que había puesto su vida en lugar de la de los
pasajeros, y que en la vía habían quedado los magullados restos de
su salvador.
Cristo Jesús también puso su vida para que nosotros, los pecadores
pudiéramos ser salvos de una catástrofe segura.
¡Dios les bendiga!
Amén |