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Así empieza una vieja canción romántica, en la
que alguien parece no saber donde tiene el corazón, ya que no oye
el palpitar de ese importante órgano, y atribuye ese silencio del
corazón al gran dolor que lo embarga. Pero, el corazón puede estar
perdido por otras causas, que nuestra Biblia señala, y que
encontraremos.
Hace poco una mujer estaba celebrando ocho años
de vida con un corazón transplantado. Su viejo corazón enfermo fue
sustituido por uno nuevo y sano. Ahora ella puede decir donde está
su nuevo corazón. Y el viejo ¿Dónde está ahora? ¿Lo habrán
desechado? ¿Estará conservado como un recuerdo por la Señora
Fisher? Lo cierto es que ella está viviendo con otro corazón.
Pero, ¿qué puede hacerse cuando se ha perdido el corazón por
insensibilidad?
El texto en Efesios que citamos al comienzo nos
menciona a los que han perdido toda sensibilidad: "se entregaron a
la sensualidad para cometer toda clase de impureza con avidez".
Aquí tenemos el caso de la gente que pierde el
corazón poco a poco. La sensibilidad se va perdiendo, el
sentimiento se va atrofiando y llega el momento cuando hay que
volver a preguntar ¿dónde estás corazón? No oigo tu palpitar.
¿Cómo se ha perdido el corazón? No fue
súbitamente, en un instante. Fue poco a poco, por grados. La
sensibilidad no muere en un día. Es un proceso gradual, lento pero
seguro.
Un hombre tenía un perro, que con sus furiosos
ladridos, ponía muy nerviosa a la señora de la casa. Cada vez que
ladraba, el hombre le daba un golpe al perro en la cabeza, hasta
que llegó un día en que el perro sólo hacía el ademán de ladrar.
¡Ahora era un perro mudo! De este modo podemos
perder el corazón acallando su voz, silenciando nuestra
conciencia, renunciando poco a poco a nuestros principios.
El resultado de esta insensibilidad es la
entrega al desenfreno moral, y más todavía, la avidez, el ansia
sin límites por cometer toda clase de impurezas. Es muy importante
pues, no perder el corazón. La persona sin corazón termina por ser
amoral. No pierda su corazón, que es lo que más vale y lo único
que finalmente importa, pues sin corazón no somos nada.
¡Dios les bendiga!
Amén |