Dos hombres vivían en las afueras de una ciudad
y sus casas lindaban una con otra. Uno de ellos era cristiano, y
lo había sido por muchos años, mientras que su vecino no lo era ni
pretendía serlo.
Ellos iban a sus trabajos todos los días en el
mismo tranvía, y así continuaron por muchos años. Los dos cayeron
gravemente enfermos al mismo tiempo.
La esposa del que no era cristiano se afligió
mucho porque ella era cristiana y se preocupó grandemente porque
su esposo era un hombre perdido y le sugirió la idea de llamar a
un cristiano piadoso para que le compartiera de Cristo.
El movió lentamente la cabeza y le dijo: "No,
de ninguna manera. Mi vecino es un cristiano, y por muchos años
hemos caminado miles de millas en el mismo tranvía y hemos hablado
de todos los asuntos sobre los que los hombres hablan, pero él
nunca me ha hablado ni una sola palabra acerca de Cristo. Si un
hombre tiene determinada fe y andando tantos años conmigo, no me
ha dicho nada acerca de ella, no debe significar nada para él. Si
él pudo ir conmigo tantos años en silencio sin decirme nada sobre
el asunto, iré a la eternidad como estoy".
Así murió.
¡Oh si pudiéramos apreciar el valor de las
almas perdidas!
¡Dios les bendiga!
Amén