"Y no nos cansemos de hacer el bien, pues a su
tiempo, si no nos cansamos, segaremos"
Gálatas 6:9
Un día un joven caminaba a lo largo de un
camino solitario cuando escucho algo que parecía un lloro. No
podía decir con seguridad que era el sonido, pero parecía salir
desde debajo de un puente. Mientras se acercaba al puente, el
sonido se hizo mas fuerte y entonces vio una escena patética.
Allí, yaciendo en el lecho fangoso del río, había un cachorro de
aproximadamente dos meses. Tenia una cuchillada en la cabeza y
estaba cubierto de fango. Sus patas delanteras estaban hinchadas
donde se las habían amarrado apretadamente con sogas.
El joven se sintió de inmediato movido a
compasión y quiso ayudar al perrito, pero cuando se acerco, el
lloro paro, y el cachorro enseñó los dientes y gruñó. Pero el
joven no se dio por vencido. Se sentó y empezó a hablarle con
dulzura al perrito. Le tomo largo rato, pero al final el animal
dejo de gruñir y el joven pudo acercarse poco a poco hasta tocarlo
y comenzar a desamarrar la soga apretada. El joven se llevo el
perro a su casa , le cuido las heridas, le dio comida, agua y un
lecho tibio. Incluso con todo eso, el cachorro seguía enseñándole
los dientes y gruñendo cada vez que el joven se acercaba.
Pero el joven no se dio por vencido.
Las semanas pasaron y el joven siguió cuidando
del cachorro. Entonces un día, cuando el joven se acerco, el perro
le movió la cola. El amor y la bondad persistentes habían ganado y
empezaba una amistad de lealtad y confianza para toda una vida.
¡Dios les bendiga!
Amén