"y
has sufrido, y has tenido paciencia, y has trabajado arduamente
por amor de mi nombre, y no has desmayado."
Apocalipsis 2:3
Cuando
observo el campo sin arar, cuando los aperos de labranza están
olvidados, cuando la tierra está quebrada y abandonada me pregunto:
¿dónde estarán las manos de Dios?
Cuando
observo la injusticia, la corrupción, el que explota al débil;
cuando veo al prepotente pedante enriquecerse del ignorante y del
pobre, del obrero, del campesino carente de recursos para defender
sus derechos, me pregunto: ¿dónde estarán las manos de Dios?
Cuando
contemplo a esa anciana olvidada; cuando su mirada es nostalgia y
balbucea todavía algunas palabras de amor por el hijo que la
abandonó, me pregunto: ¿dónde estarán las manos de Dios?
Cuando
veo al moribundo en su agonía llena de dolor; cuando observo a su
pareja deseando no verle sufrir; cuando el sufrimiento es
intolerable y su lecho se convierte en un grito de súplica de paz,
me pregunto: ¿dónde estarán las manos de Dios?
Cuando
miro a ese joven antes fuerte y decidido, ahora embrutecido por la
droga y el alcohol, cuando veo titubeante lo que antes era una
inteligencia brillante y ahora harapos sin rumbo ni destino, me
pregunto: ¿dónde estarán las manos de Dios?
Cuando a
esa chiquilla que debería soñar en fantasías, la veo arrastrar su
existencia y en su rostro se refleja ya el hastío de vivir, y
buscando sobrevivir se pinta la boca, se ciñe el vestido y sale a
vender su cuerpo, me pregunto: ¿dónde estarán las manos de Dios?
Cuando
aquel pequeño a las tres de la madrugada me ofrece su periódico,
su miserable cajita de dulces sin vender, cuando lo veo dormir en
la puerta del zaguán titiritando de frío, con unos cuantos
periódicos que cubren su frágil cuerpecito, cuando su mirada me
reclama una caricia, cuando lo veo sin esperanzas vagar con la
única compañía de un perro callejero, me pregunto: ¿dónde estarán
las manos de Dios?
Y me
enfrento a Él y le pregunto: ¿dónde están tus manos, Señor? Para
luchar por la justicia, para dar una caricia, un consuelo al
abandonado, rescatar a la juventud de las drogas, dar amor y
ternura a los olvidados.
Después
de un largo silencio escuché Su voz que me reclamó: "no te das
cuenta que tú eres mis manos, atrévete a usarlas para lo que
fueron hechas, para dar amor y alcanzar estrellas". Y comprendí
que las manos de Dios somos "TU y YO", los que tenemos la voluntad,
el conocimiento y el coraje de luchar por un mundo más humano y
justo, aquellos cuyos ideales sean tan altos que no puedan dejar
de acudir a la llamada del destino, aquellos que desafiando el
dolor, la crítica y la blasfemia se retienen a sí mismos para ser
las manos de Dios. Señor, ahora me doy cuenta que mis manos están
sin llenar, que no han dado lo que deberían de dar, te pido ahora
perdón por el amor que me diste y no he sabido compartir, las debo
usar para amar y conquistar la grandeza de la creación.
El mundo
necesita de esas, manos llenas de ideales y estrellas, cuya obra
magna sea contribuir día a día, a forjar una nueva civilización
que busque valores superiores, que compartan generosamente lo que
Dios nos ha dado y puedan llegar al final vacías, porque
entregaron todo con amor, para lo que fueron creadas.
Y Dios
seguramente dirá: ¡ESAS SON MIS MANOS!
¡Dios les
bendiga!
Amén
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