Hebreos 10:10-14
“Y en virtud de esa voluntad somos santificados
mediante el sacrificio del cuerpo de Jesucristo, ofrecido una vez
y para siempre. Todo sacerdote celebra el culto día tras día
ofreciendo repetidas veces los mismos sacrificios, que nunca
pueden quitar los pecados. Pero este sacerdote, después de ofrecer
por los pecados un solo sacrificio para siempre, se sentó a la
derecha de Dios, en espera de que sus enemigos sean puestos por
estrado de sus pies. Porque con un solo sacrificio ha hecho
perfectos para siempre a los que está santificando.”
Cuando Martín Lutero confesaba sus pecados en
el monasterio, siempre estaba con el temor de haberse olvidado de
alguno o de no haber reconocido otros. Lo que más le frustraba era
darse cuenta de que, aun si podía saldar sus cuentos con Dios hoy,
el proceso volvía a empezar otra vez mañana. Siempre se sintió
descompensado en su relación con Dios. El confesar sus pecados era
como tratar de secar el suelo cuando hay una lluvia abierta.
Lo que Lutero necesitaba era un acto divino que
arreglara su relación con Dios de una vez y para siempre.
Necesitaba la seguridad de que a pesar de los pecados que pudiera
cometer mañana, su futuro con Dios estaba arreglado para siempre.
Las buenas noticias de la justificación por la
fe es que la justicia de Dios nos cubre por toda la eternidad. Los
pecados que hayamos cometidos, o que podamos cometer, fueron
cargados por Cristo en la cruz hace dos mil años. Poner nuestra fe
y confianza en Cristo significa que nuestra deuda con Dios queda
cancelada para siempre. La justificación no es un proceso largo y
tortuoso con un final incierto. La justificación es confiar en
Cristo para satisfacer a nuestro favor las demandas de Dios. El
demanda santidad cada día y Cristo es nuestra justicia delante de
Dios. Cristo va a estar allí por mí mañana y pasado mañana.
Hebreos 10:10,14 enseña la perfección del sacrificio de Cristo y
la consumación de nuestra justificación delante de Dios. Hubo una
sola ofrenda de Cristo, y aquellos que confían en él son hechos
“perfectos para siempre”. No somos justificados poco a poco a
medida que vamos cumpliendo con ciertos deberes religiosos, sino
en un solo acto completo y para siempre.
¡Dios les bendiga!
Amén